Excursión a Versalles con niños

Excursión a Versalles con niños

Ilusión era precisamente lo que yo tenía por ver Versalles. Qué se yo la imagen que me forjaba en mi cabeza a base de fotografías impresionantes del Palacio Real. Soñando con ver a María Antonieta corriendo por esas estancias con sus cancanes y sedas. Las fiestas, los fastos, los excesos y el lujo. Un montón de expectativas pendientes de cumplir cuando por fin me encontrara yo misma entre esas paredes…

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Para mí, ir a París y no ir a Versalles era como volar a Roma y pasar del Coliseo. No estaba en mis planes. Por eso, organicé a conciencia la visita estrella de mis vacaciones en la capital francesa en donde no podía faltar una jornada enterita en el gran Palacio Real. 

Para llegar a Versalles desde París, podemos coger el RER en dirección a Versalles Rive Gauche, línea C. Será un trayecto corto ya que la localidad dista unos 17 km de la periferia de París.

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Nada más llegar, nos recibirá una pequeña localidad, de unos 80.000 habitantes salpicada de hoteles, restaurantes y cafeterías por doquier. Se notaba el bullicio, el movimiento y las hordas de grupos guiados que van como borregos y que medio te atropellan por las calles en peregrinación casi mística al Chateteu de Versailles.

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Como la jornada prometía ser agotadora, decidimos hacer parada y fonda en un Starbucks antes de pasar a la zona de guerra. Alli mismo, esperando una cola kilométrica para ir al baño, dos almas españolas estudiantes de periodismo, nos comentaron, entre col y col, que casi mejor nos diéramos la vuelta. Eran las 11 de la mañana y la media de espera en la cola era ya de tres horas.

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Pero yo, que venía con los deberes hechos de casa, le dije: “no importa, nosotros traemos las entradas compradas de España y seguro que hay una cola rápida para famillias con niños” Ja!

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Nuestra cola rápida dio como cinco vueltas en zig zag a las puertas del Palacio. Por adoquines, bajo la lluvia, con dos sillitas infantiles y en cuesta. Vamos, el paraíso terrenal. Íbamos armados hasta los dientes. Coca-colas, danoninos, aguas a tres euros la botella, bocadillos y hasta el termo de pollo al ajillo para que los peques comieran. La cosa pintaba tan mal, que a punto estuvimos de desistir. Pero claro, después de darle de comer a tu hijo de dos años y medio haciendo el malabarista en la cola, con el paraguas en una mano, el tenedor con el pollo en la otra, enfundada en un horror de chubasquero que parecía las lonas de los camiones que hacen ruta internacional, como que no. Que yo de allí no me marchaba salvo hecatombe nuclear o bajo peligro de guillotina.

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Y por fin entramos. Me sentí como si hubiera escalado el Everest, agotada, con el rímel corrido pero con el estómago lleno porque en medio del desastre me había dado tiempo a comerme hasta un bocadillo de tortilla.

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¿Veis lo grande que es el Palacio en la maqueta de arriba? pues no os hagáis ilusiones porque en los 15 míseros euros de la entrada, solo veréis una décima parte del Chateu. Los jardines van a aparte.

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Otra cosa que no os he comentado, es que para ver Versalles hay que estar en muy buena forma. Nada más entrar, vais a saber lo que es la lucha canaria porque hay que espantar a manotazo limpio a las cientos de personas que se agolpan, como si no hubiera un mañana,  frente a un mostrador que te da las audiguías gratuitas. Agarraos a esos aparatos como si vuestra vida dependiera de ello porque el sentido del oído es el único que vais a experimentar  ya que la vista queda anulada gracias a los grupos de coreanos y sus dos IPAD por persona que todo lo oyen, todo lo graban y todo lo tapan, sea dicho de paso.

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Aún así, yo que soy una ilusa de nacimiento, seguía soñando con los aposentos de María Antonieta y con poder ver, aunque fuera de lejos, la puerta secreta por la que escapó aquella noche en que venían a ajusticiarla. Ya que en el salón de los espejos solo llegué a ver reflejos de Ipad’s, mis esperanzas seguían puestas en la habitación Real.

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Os diré que las cortinas eran impresionantes, hechas de la mejor seda, con una caída que ya la quisiera yo para un traje de fiesta. Hasta las pude tocar con mis manos, qué tacto, qué pedazo de historia. Y eso es lo único que pude ver de mi querida María Antonieta. No dudo que hubiera una cama en sus aposentos, ni un baldaquino con plumas, incluso un secreter para guardar sus joyas más ostentosas. Pero lo siento, no lo vi. Y no lo vi porque había unas cien personas por metro cuadrado en un pasillo infame de ventanas cerradas con olor a humanidad. Eso sí, a la salida os venden unos frasquitos de perfume con la imagen regia…

¿Dices que vas con niños a Versalles? pues yo que tú me compraba una mochila de porteo porque la sillitas están prohibidas. Eso sí, los Ipad’s deben regalarlos en otro mostrador…

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2 Comentarios

  1. Sonia
    30/10/14 / 10:42

    Jajajaja… que bien has reflejado nuestra aventura en Versalles, mira que es grande el palacio y sin embargo me faltaba espacio hasta para respirar, que rato más malo que pase….
    Por cierto yo pude ver la plumas de avestruz de la cama de Maria Antonieta, yuhuuuuuu!!!!!!!!! una pasada de plumas, jamás vi algo igual, inigualable sensación, volvería solo por eso…..
    y por último, que rico los bocadillos…..

    • 30/10/14 / 10:45

      Pues entonces creo que yo tendré que volver. Si lo mejor fueron las plumas, no puedo perderme semejante experiencia. Es lo más cercano al personaje de maría Antonieta…

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